Cómo controlar las rabietas sin perder los nervios: 8 consejos prácticos

Gritos, pataletas, tirarse al suelo, llorar desconsoladamente,…

Las rabietas aparecen sobre los 2 años de edad y son, a pesar de ser tan desesperantes y frustrantes, parte del desarrollo evolutivo de todos los niños.

Es fundamental entender las rabietas como una forma de expresión para los niños y no como un comportamiento intencionado para fastidiarnos. Los adultos podemos expresar verbalmente cómo nos sentimos cuando estamos tristes, enfadados o simplemente queremos compartir nuestra opinión. En cambio los niños todavía no han desarrollado el lenguaje necesario para transmitir lo que quieren y tampoco saben cómo gestionar las emociones (enfado, frustración, rabia,…). Además, se encuentran en el proceso de aprender a regular su conducta y controlar la intensidad de sus reacciones, por lo que las rabietas suelen surgir de un momento a otro y “a lo grande”. Por lo tanto,  las rabietas son un medio para conseguir un fin, el que sea en un momento concreto. Probando y retándonos, los niños comprueban qué actitud y comportamiento les ayuda a conseguir lo que quieren.

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Como adultos, somos responsables de contener y gestionar sus emociones y ayudarles a resolver una situación que para ellos es desagradable, incómoda o no deseada. ¿Cómo podemos controlar las rabietas sin perder los nervios?

1.No discutir ni entrar en justificaciones excesivas. Cuando los niños ya mantienen una conversación más o menos fluida tendemos a ponernos a discutir por qué si o por qué no, justificando nuestras decisiones como adultos. Es nuestra responsabilidad hacerles ver que algunas de nuestras decisiones o indicaciones son indiscutibles y se deben cumplir. Por ejemplo: un niño tiene una rabieta y no quiere ponerse su abrigo en pleno invierno. En este caso, no podemos ponernos a discutir si el niño debe ponerse o no el abrigo, pues lo tiene que hacer.

2.Dar una explicación o argumento, un por qué. Una de nuestras respuestas más habituales es decir “no”, sin más. Esto provoca sentimientos negativos en el niño ya que no sabe por qué es “no” y no un “si”, aumentando su enfado y la probabilidad de que se produzca una rabieta. ¡Ojo! Explicarles por qué no implica justificar nuestra postura. Tomando el ejemplo anterior: Podemos explicar al niño por qué es necesario ponerse el abrigo (hace frío y estarás calentito, te puedes poner enfermo si no te lo pones, todos nos ponemos el abrigo, en verano no te lo tendrás que poner, etc.), utilizándolo también como una forma de distracción. De esta forma, el niño puede llegar a entender el fundamento de nuestra decisión o petición y será más fácil que la cumpla sin mayores problemas.

3.No podemos enfrentarnos ni enfadarnos. Los niños son esponjas, imitan todo aquello que ven y oyen. En este caso, si el adulto responde con un enfado o con gritos, no está ayudando a gestionar la frustración que siente el niño al no tener lo que quiere. Más bien empeora la situación: el niño no comprende qué ocurre (“estoy frustrado, me siento mal y encima me gritan”), la rabieta aumentará de intensidad y las próximas veces será más difícil gestionarlas.

4.Anticipar las rabietas. Las rabietas son reacciones normales y necesarias para el aprendizaje de los niños, por lo que no tenemos que evitarlas. De hecho, si las intentamos evitar a toda costa estamos impidiendo el adecuado desarrollo psicológico del niño: Las rabietas permiten aprender a gestionar emociones, regular el comportamiento, desarrollar tolerancia a la frustración, etc. Lo que sí podemos hacer es anticipar y prepararnos. Algo que funciona muy bien es explicar al niño exactamente lo que vamos a hacer, qué normas debe seguir y qué recompensa tendrá si cumple todo lo pactado. Por ejemplo: Explicarle que vamos a salir a la calle y que sólo vamos a ir a comprar (no al parque ni a comprar chuches, etc.), que tiene que ir de la mano y al volver a casa podrá ver sus dibujos favoritos. De esta forma, el niño tiene claro qué tiene que hacer, evitamos tentaciones y posibles rabietas y, además, se siente bien por la recompensa que obtiene. Esto se puede utilizar en muchas otras situaciones y momentos (las comidas, la hora del baño,…) y es efectivo por que el niño ya sabe qué tiene que hacer, de forma que si no lo hace rompe “el pacto” que hemos hecho con él.

5.Ofrecerle varias opciones o alternativas. No podemos decir “no” a un niño y simplemente esperar que obedezca. Los adultos tampoco lo hacemos, ¿verdad? Es necesario ofrecerle otras alternativas que sean igualmente atractivas y nos permitan resolver su rabieta. Por ejemplo: el niño quiere galletas de chocolate para merendar y se enfada por qué no le quieren dar en ese momento, pero ofreciéndole otras comidas que también le gustan se calma y accede de buen agrado.

6.Ceder en pequeñas dosis. Permitir concesiones que no son realmente significativas es una forma de agradar al niño y poder mantener igualmente nuestra postura. En la mayoría de ocasiones podemos hacerlo, aunque no lo hacemos por “cabezonería”, nos dejamos llevar por el enfado y la frustración que nos genera la rabieta del niño y no queremos ceder ni un poquito, privando al niño de todo privilegio por pequeño que sea. En los ejemplos que ya habíamos comentado antes: Podemos dejar que el niño lleve el abrigo abierto en vez de abrochado, y también podríamos darle una galleta de chocolate al niño después de tomar una merienda más adecuada.

7.Dejar al niño expresarse, ofrecerle tiempo y espacio. En ocasiones, la rabieta es de tal intensidad que es imposible mantener una conversación o hacerle entrar en razón. En esos momentos, el propio niño te mostrará qué necesita. Algunos niños se ponen muy nerviosos cuando les hablas y necesitan un abrazo y muestras de cariño. Otros necesitan espacio físico para relajarse, de forma que al acercarte la rabieta aumenta de intensidad. En cambio, otros reaccionan mejor cuando somos firmes y les guiamos en todo momento. Por otro lado, casi ningún niño tolera el uso de la fuerza (cogerlo del brazo, zarandearlo, etc.) o el contacto físico brusco. En cualquier caso, es fundamental prestar atención a las señales que el niño muestra con su comportamiento y responder según sus necesidades, siempre desde la calma y la comprensión.

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8.Somos iguales. Mostrarnos ante el niño como una poderosa figura de autoridad y ejercer presión para que obedezca es un error muy común. Para gestionar las rabietas y, además, ayudar y guiar al niño es necesario que sienta que estamos a su lado y no por encima de él. Acércate, háblale a su misma altura, utiliza un tono de voz amable y bajo, muéstrale que te pones en su lugar y quieres ayudarle, transmítele que lo que siente es normal. En la mayoría de ocasiones, los niños no necesitan más de lo que cualquier persona adulta demanda en situaciones desagradables o dolorosas: atención, cariño y comprensión. Los niños aprenden de nuestra forma de actuar y responder ante las experiencias diarias. Decirle a un niño “¿Estás enfadado por qué no puedo comprarte ese juguete?” o “Es normal que estés triste porque has perdido jugando en el parque, yo también lo estaría” es realmente positivo. Así es como le ayudamos a identificar, comprender y gestionar sus emociones, uno de los aprendizajes más valiosos e importantes para su salud y bienestar a lo largo de toda su vida.

 

“Por tu salud, por tu bienestar, por ti”
lapsicologiasindivan@gmail.com

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